|
|
 |
“ A L T A H A Y ” , P E Q U E Ñ A H I S T O R I A D E U N G R A N C O N C I E R T O La trayectoria de los instrumentos, su trascendencia y su evolución tiene mucho que ver con la actitud de intérpretes y compositores, incluso al margen de sus posibilidades de tesitura, color o tímbrica. Digamos que, en primera instancia, un ejecutante vehemente y pertinaz puede hacerse oír con una voz distinta a través de una propuesta interpretativa atrevida y novedosa... y hasta llegar a ser popular en su entorno llevando su instrumento hacia terrenos diferentes de los habituales. Pero esa situación nunca dejará de ser efímera, ni acabará dejando huella perdurable si los compositores no se “enamoran” de ese instrumento y escriben una historia perecedera y tangible en forma de partituras.
El timple, un símbolo musical para los canarios y un relativo desconocido para el mundo, está sufriendo esa suerte de circunstancias. Algunos intérpretes de mi generación nos lanzamos a bucear en las inciertas –y siempre apasionantes- aguas de la búsqueda de nuevas estéticas para un viejo instrumento. Provisto de un nuevo calzado, el “camellito” (como también se le conoce popularmente) comenzó a andar sendas novedosas y sorprendentes, siempre bajo la atenta mirada de un pueblo que no quiere perder sus señas de identidad, pero que también se complace en contemplar cómo su cultura avanza, se hace más plural y canta con voces distintas. El jazz, el folk-fusión, la música clásica, video-clips, giras, discos... un interesante y amplio abanico de posibilidades se ha ido desplegando para dar cabida a muchas interpretaciones distintas de un elemento sonoro que antes sólo acompañaba en las parrandas tradicionales.
Pero el timple no acabará de cumplir su mayoría de edad hasta que no se cumplan determinados requisitos, hasta que se construyan unas bases perdurables y sólidas. En este sentido entiendo que hay dos pilares básicos sobre los que se debe asentar esta madurez: la consecución de un repertorio propio y el desarrollo de una didáctica. Ambos pilares son dependientes y secuenciales. Sin el interés de los compositores y la existencia de una literatura timplística adecuada, difícilmente se podrá articular una enseñanza seriamente estructurada, una técnica oportuna, un bagaje universal e imperecedero.
Víctor Pablo Pérez fue el primer director orquestal que tuvo la audacia de querer experimentar con un timple como solista de su orquesta. En diciembre del año 1993, bajo la batuta del maestro Armando Afonso, se dio el pistoletazo de salida para lo que sería una larga sucesión de colaboraciones entre un timple, el timplista que suscribe y la Orquesta Sinfónica de Tenerife, con adaptaciones de músicas populares y barrocas llevadas hacia un ámbito interpretativo que unos años atrás era impensable. Sin embargo, el hecho en sí no deja de ser una anécdota histórica, toda vez que la necesidad de ampliar el repertorio de concierto sigue siendo una asignatura pendiente para el timple solista.
Conocí a Emilio Coello mientras recogía un (merecidamente ganado) premio de composición Coral en la ciudad de La Laguna. Al igual que he hecho con otros muchos compositores, intenté transmitirle mis sueños con el timple, y le pedí que por qué no se animaba a componer algo para mi instrumento. Lo hice con todo el entusiasmo del que fui capaz, pero también con el escepticismo propio de quien teme que un compositor contemporáneo y de éxito no le apetezca componer para algo tan poco “moderno” como un timple. La sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que sí... y el miedo (por aquello de la responsabilidad) y la alegría se mezclaron cuando el primer Concierto para Timple y Orquesta contemporáneo empezaba a cobrar forma sobre la partitura electrónica del ordenador de la escuela de música de Alcobendas, de la que Coello es profesor. Con un pequeño timple medio destartalado con el que probaba la viabilidad de ser tocado, su vitalismo empedernido, el amor por su tierra y su indiscutible genio creativo, el maestro fue dando forma a un sueño, a un primer pilar, a un paso de gigante en la consecución de la “puesta de largo” de un pequeño instrumento que, gracias a gente como él y como Víctor Pablo Pérez, va cobrando un lugar digno en solar de la música sinfónica.
El título del concierto fue Altahay, hermosa palabra guanche cuyo significado viene a ser sinónimo de “valeroso” o “atrevido”. Superados mis miedos por la dificultad de la interpretación de un concierto tan comprometido y tras algunas vicisitudes que alargaron la fecha de su estreno, Emilio y yo fuimos aprendiendo el hermoso arte de la amistad (que aún seguimos cultivando), mientras que la partitura y mis manos intentaron domesticar las notas de un papel, pretendiendo llegar a ser un vehículo de sentimientos, de propuesta estética, de música sin fronteras.
Sin ampararse en la extravagancia vanguardista, Altahay es una obra moderna, atonal y rehúsa el reconocimiento de melodías evidentes y predecibles. Emilio parte de un supuesto muy simple, como es el de las cuerdas al aire del timple (re-la-mi-do-sol) y participa de los juegos polirrítmicos, con la inclusión de cambios de compás, algunos de amalgama. Este aparente “desorden”, sin embargo, va cobrando sentido a medida que transcurre la pieza para recrear un paisaje sonoro y rítmico amplio en matices, sonoridades y sensaciones. A veces se intuyen algunos pretextos melódicos y rítmicos extraídos de la música tradicional de Canarias, pero son más un guiño transitorio que un leit motiv cercano a la tentación de un neo-nacionalismo romántico. Si bien toda la partitura se interpreta sin interrupciones, sí que parte de la propuesta de la fórmula A-B-A de los conciertos barrocos, con un inicio dinámico y alegre, una parte intermedia mucho más evocadora y un final rotundo y con mucho carácter. Lejos de pretender esbozar un análisis formal de la obra, sólo apunto que Altahay es un reto en muchos sentidos y su título hace justicia al carácter de la composición.
Como timplista, fue un honor estrenar este concierto, bajo la experimentada batuta de Edmon Colomer y la gran profesionalidad de la OST, así como será una responsabilidad seguir mejorando su ejecución y darlo a conocer en otros lugares y con otras orquestas. Como persona, es un privilegio saber de la honestidad y grandeza de la persona que circunda y justifica el genio del músico. Coello -el maestro-, será un nombre que a buen seguro perdurará en la memoria intelectual de este país sin fronteras que es el arte. Entre otras muchas virtudes, por ser un “Altahay”, un valeroso explorador de estéticas y propuestas de gran valor creativo. Por otra parte, Emilio -la persona- es un nombre que ya forma parte de los afectos de aquellos que tenemos la gran suerte de compartir el regalo de su amistad.
Esperamos seguir disfrutando por muchos años de la obra de Emilio Coello; tanto lo que ya ha hecho por lo mucho que le queda por ofrecernos. Sin duda, es uno de los grandes nombres de la creación musical de esta época, y espero que su merecido reconocimiento le llegue también por haber sido el primero en componer una obra contemporánea para el timple, esa “pequeña guitarrita” que se hace grande cuando pasea por el viento las notas de Altahay.
Benito Cabrera
|
 |